martes, 24 de enero de 2012

Hola, amiga

Me resigné y me puse a escribirte. Resignada. Hastiada del dolor. No sé qué haré con estas líneas pero desde anoche que no me podía dormir que vengo pensando en muchas cosas para decirte. Y diciéndotelas. Sería genial que alguien me cerciorara que me estás escuchando, porque viste que a mí siempre me costó creer en destinos y señales aunque me pongan la piel de gallina. Siempre creo que les pasan a los demás. Qué te voy a explicar, vos estabas en aquella conversación en la que yo decía que al morir se apaga la luz y listo. Menos mal que con Mariana me hicieron entender que me estaba faltando bastante camino espiritual.

Estoy enojada, Car. Con todo esto que está pasando, con la magnitud que me hace tan inútil y tan ignorante. Todo esto está más allá de lo que yo puedo entender y a la vez siempre creemos saber qué es la muerte y la ausencia. Me quedo pensando que el día de mi casamiento, el día del nacimiento de mis hijos, no vas a estar. Veo las fotos y me doy cuenta que no nos sacamos otra foto con las chicas después del 25. Cómo hacer. Es casi ridículo. Desesperante. Escucho situaciones y más situaciones de gente que se maneja como si sus seres queridos, las personas que eligió para estar juntas, para querer, fuesen descartables. Como si las relaciones fuesen constantes, estuvieran ahí para tomarlas, dejarlas y retomarlas a conveniencia o cuando sea el momento de hablar. Y yo acá desesperada por no poder hablarte. Me enoja.

De todo esto seguro se me escapa que estoy aprendiendo algo.

Finalmente, decidí que todo esto sea un blog.

Te quiero y te extraño.

Liz